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lunes, 31 de octubre de 2011

A vista de pájaro

Se me ha olvidado desgarrarme el ombligo antes de subir a la azotea de las miserias.
Se me ha olvidado tragarme una bocanada de viento para después gritar la rabia a pulmón lleno.
Se me ha olvidado desatarme los cordones del vértigo y escupir desde el alféizar del odio.
He venido aquí para decir adiós con la mano a la inocencia, para verla batir sus negras alas y perderse lejos.
Pero se me ha olvidado cómo.
Mis labios no paran de repetirme que ya se cansaron de abrevar en las alcantarillas, y el hambre me sabe a desgana. Lo único que quiero es lavarme las culpas y, si puedo, borrarme la inocencia impresa en la cara.
Quiero resbalarme, y aterrizar y que no me duela.
Cuando pienso en caer, se me hace la boca agua.

domingo, 4 de septiembre de 2011

Getting on my fuckin' nerves

Lo de las mariposas en el estómago no ha dejado nunca de ser un tópico. Pero siento los nervios parpadeando dentro. Nervios como cuando está a punto de aflorar una gran verdad. Nervios antes de un examen para el que estudiaste hasta quedar sin sueño, y no ver más que números desfilando entre tu desconcierto y el papel. Nervios como cuando entre tu voz y los demás se interpone un micrófono o un megáfono, y te escuchas decir lo que a todas luces o a todos sonidos es una incoherencia grande y profunda. Nervios de escenario que envidias cuando son otros los que los sienten, que te recuerdan cada día los sueños pendientes. Nervios de mentira, anfetamínicos, con sabor a cafeína. Tu pulso es un revoltijo, y sube y baja y aletea y se retuerce, y tus nervios lo envuelven todo y te tiembla hasta la vista. Nervios como cuando esperas a que lleguen temiendo que te planten. Nervios punzantes como alfileres bailarines, dando vueltas ya descabezados, con sus vibraciones de plata. Nervios antes de coger un avión, nervios de viaje, de maletas al pie de la cama, de cambio y de aventura. Nervios de vértigo. Nervios que asustan cuando la vida amenaza con ser otra. Y tú decides si los nervios son miedo o espuelas, clavándose en tu piel para que corras más. Para que corras hacia eso que te pone de los nervios.

martes, 12 de julio de 2011

15/6

No entiendes nada. No entiendes que deje a las bombillas colgar desnudas, porque bajo esa luz todo es menos real y menos punzante. No entiendes la delicada melancolía de los platos sin fregar, con restos de comida congelada resecándose en los bordes. Ni comprendes la atípica belleza de la claridad que se filtra por entre los vidrios de botellas vacías. Es lo más cerca que estaremos nunca del arco iris, pero tú no quieres entenderlo. No te cabe en la cabeza que mi cama deshecha y sus sábanas revueltas me describan mejor que un reflejo. No llegas a percibir la nostalgia en la ceniza gris que coge polvo entre las baldosas del suelo. No entiendes el sutil arte de introducir un poco más de desorden en el caos que ya somos. Tú no tienes ni puta idea de poesía. Pero no te preocupes, que yo tampoco.

lunes, 6 de diciembre de 2010

La culebrilla

¿Te acuerdas de cuando te quejabas de que tenías algo por dentro que no te dejaba en paz? Al principio pensaste que era algo así como un sentimiento. Tal vez fuera amargura, rencor, dolor o remordimiento, pero con el tiempo empezaste a creer que era algo más. Muy pronto estabas convencido de que tenías un bicho vivo, una especie de parásito que iba creciendo y haciéndose fuerte en tu interior. Te llamé loco, te llamé impostor, te llamé farsante y hasta hipocondríaco, pero tú seguías en tus trece.

Al final, no me quedó más remedio que acompañarte a que te viese un médico. Le explicaste que notabas cómo la culebrilla se agitaba en la boca de tu estómago, retorciéndose una y otra vez sobre sí misma, provocándote un cosquilleo de lo más inquietante. Te ocurría especialmente en aquellas ocasiones en las que te encontrabas a cierta altura, ya fuera cuando te subías a un escenario o cuando te asomabas desde una terraza. La culebrilla temblaba y se revolvía en tu interior, y tú con ella.
Recuerdo que el médico era un hombre ya anciano, con tantas canas como experiencia. Te miró de arriba abajo, y muy serio te dijo:

-Señor, a usted lo que le pasa es que tiene vértigo.

Te dio un par de pastillas para controlar los mareos y te enseñó cómo respirar cuando sintieras la angustia de tener el mundo a tus pies. Pero tú seguías empeñado en que no era sólo vértigo: había algo más dentro de ti.

Al cabo de unas semanas, empezaste a notar cómo la culebrilla iba ascendiendo por dentro de tu cuerpo. Se alojó en tu garganta, estrechando su viscoso cerco contra tus cuerdas vocales. Te costaba hablar, te costaba respirar, y llegué incluso a preocuparme. Te ocurría especialmente cuando alguien te comunicaba una mala noticia, te hablaba de algo malo que no podías controlar ni evitar, o te confesaba un dolor muy profundo. La culebrilla se enroscaba en tu cuello y te oprimía, y tú estabas bajo su cruel yugo, incapaz de responder.

Fuimos de nuevo a ver al doctor. El mismo de la otra vez. Estabas enfadado proque no te hubiera hecho caso, pero aún así le explicaste lo que te pasaba. Él volvió a mirarte de arriba abajo, y frunció el ceño cuando dijo:

-Señor, a usted lo que le pasa es que tiene un nudo en la garganta.

Te contó cómo a veces la rabia y la pena bloqueaban el flujo de nuestras palabras y formaban una tenaza que nos impedía comunicarnos. Te enseñó que un sollozo sería suficiente para deshacer el nudo, para desprender a la culebrilla de las paredes de tu garganta.

Pero a ti no te convencía. Sabías que no podía ser sólo eso. Había un parásito en tu interior que crecía a medida que se iba apoderando de tus fuerzas. La culebrilla terminaría por destruirte si no le ponías remedio pronto.

Un día te abracé. Notaste cómo la culebrilla descendía por tu tráquea, se deslizaba por tus pulmones y luego se enroscaba alrededor de tu esternón. Presionaba con fuerza, como pugnando por salir. Yo no noté nada, pero tú me apartaste de un empujón.

-Ahora quiere entrar dentro de ti- me dijiste.

Temblabas de miedo. Yo estaba paralizada. Saliste corriendo sin que pudiera evitarlo. Al anochecer, me contaste que habías ido a ver a otro médico. Era un chaval joven y despierto. Cuando le explicaste tus síntomas, te echaste a llorar de desesperación. Te ibas a morir, le gritabas. Te ibas a morir porque tenías una maldita víbora en tu interior, y nadie quería escucharte ni comprenderte.

El médico tuvo un gesto inesperado, una de esas cosas que nadie espera nunca que haga un médico serio, de los de verdad. Se inclinó sobre ti y te dio una palmadita en el hombro. Ante tu desconcierto, sonrió.

-Señor, a usted lo que le pasa es que está vivo.

Sentir, sentir todo lo bueno y lo malo, y ser conscientes de que estamos vivos. Después de todo, quizá sí sea cierto que estamos habitados, aunque no necesariamente por parásitos. Quizás sea eso que llaman alma.

sábado, 27 de noviembre de 2010

La rosa de los vientos, creo

hola, cielo
te escribo desde el país de las incertidumbres, donde cada día es preludio de lo inesperado. me pides que te cuente cómo va todo últimamente. pues bien: va, va y sigue yendo hacia adelante, siempre adelante, con una febril inercia que me impulsa hacia el mañana, un viento por la espalda que me va empujando sin que sepa nunca cómo ni por qué me he metido por ese camino. una fuerza brutal me arrastra hacia el centro de la tierra, y me voy dejando llevar. una caída, o tal vez un resalto, son cosas que no puedo diferenciar. debe ser eso que llaman magnetismo, o debe ser que tengo el alma imantada, y la tuya es un trozo de frío metal: me atrae sin contemplaciones. magnetismo o abismo. el alma tan imantada que a veces me pesa como si fuese de plomo.
sabes? no estoy desorientada. lo que pasa es que se me han roto todas las brújulas, hasta las que apuntaban a ti, y ahora sus agujas dan vueltas como desquiciadas, describiendo círculos a tu alrededor. me estoy perdiendo. todo el mundo me lo dice desde hace semanas: que me frene, que me frene...pero si me paro no sé si voy a saber encontrarme. no sé a dónde voy, pero no puedo detenerme.
debe ser que estoy perdiendo el norte, o eso me hacen creer. pero no. por primera vez tengo muy claro dónde está el norte. el norte es donde estás tú, muy al norte, tan dolorosamente al norte y tan lejos que no puedo evitar divagar. sé que el aire allí es una helada corriente que te envuelve.
vuelve. tengo ganas de oírte decir que no pasa nada y que todo son rachas, que ya pasarán. las mentiras suenan dulces cuando eres tú quien las pronuncia. tengo ganas de escuchar tu acento, sin es que aún lo conservas, y de que interpretes el brillo de mis ojos, si es que aún me queda algo. que descifres si las lágrimas son de rabia o de trsiteza, o que me adivines ilusión en la mirada. tengo un hambre de abrazos que no se sacia con nada, un vacío que tu ausencia va agrandando.
me he quedado sin ejes sobre los que apoyarme, sin puntos de referencia. mis coordenadas son tan confusas que he decidido apagar la razón, y navego y naufrago y me hundo y salto y ya no sé cómo llegar al centro. me dicen que me relaje y que no hay de qué preocuparse. también me dicen que ya no me pueden dejar sola.
sola.
qué ironía.
lo que más me duele es que los kilómetros tengan mil metros, y lo que quede esperando al final del camino no sea más que una sombra de aquello que recordabas con cariño.
no sabes cuánto lo siento, cielo, pero eso es lo que debo ser ahora.
ahora mismo no puedo ponerte mi dirección para que me envíes una respuesta. ni siquiera sé dónde estoy viviendo todos estos días.
tampoco tengo miedo, y eso es lo más preocupante.

p.d.: no fue un día de mayúsculas, al parecer...

domingo, 7 de noviembre de 2010

Ovejas descarriadas

Sin demasiadas ganas
se te escurre la sonrisa
por la cara
y me exhalas
tu aliento
en la mirada
sabiéndote despierto
de madrugada
una nube de vaho
en la ventana
sin saber dónde irá
el viento
mañana
una mano descarada
que apuñala:
ovejas descarriadas.
Complicada
tu sombra me parece
complicada
viendo la furia
con que te encaramas
a las cimas más profundas
de la nada.
Y por no padecer
ni siento
y por soñar
por soñar que no quede
y pídele al sol
que te lleve
allí donde su rayo muere:
detrás de los andenes.

viernes, 27 de agosto de 2010

Amb el cel als ulls

Els teus ulls, com el cel,
són blaus quan, a trenc d'alba,
tot el sostre s'aixeca malva
lliure de cap núvol plujós.

Però esdevenen d'un blau grisòs
quan la boirina vetla el sol
i tot el cel, com els teus ulls,
s'alça en un matí de dol.



lunes, 23 de agosto de 2010

Nana del sueño esquivo

Para cuando llegue la madrugada
y en silencio azul de noche estrellada
te sorprenda preguntándote por qué
tus ojos cansados no quieren dormir
no halla consuelo el dolor punzante
y sin descanso da vueltas tu mente:
has de saber que la lágrima ardiente
que te roba el sueño noche a noche
tiene esencia de veneno y sangre
impregnada en tus sábanas oscuras
haciendo de tu lecho una mortaja.
Peor que llorar es enterrarse en llanto,
ahogarse en vida, sin vuelta atrás;
por eso, ahora, duerme y respira:
no hay pena tan grande que impida soñar.

martes, 16 de marzo de 2010

Probando, probando...

A veces parece que tenemos la necesidad de probar cosas nuevas. En ciertas circunstancias, deseamos experimentar con aquello que todavía no hemos hecho, empezar con todo eso que siempre quisimos hacer pero que, por una u otra razón, dejamos aparcado para más adelante.

Hasta que, simplemente, decides que ha llegado el momento.

Y sencillamente tenía ganas de abrir mi blog y empezar a escribir en él. Vete a saber cuánto duran esas ganas...pero, de momento, sé bienvenidx.


P.D: "Purple haze / all in my brain/ lately things/ just don't seem the same /Acting funny/ but I don't know why/ excuse me/ while I kiss the sky..."--- Jimi Hendrix
 
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