viernes, 17 de diciembre de 2010

No title (1)

A veces pienso en colores oscuros e inciertos.
Manchas difusas que, cuando se agiten, se transformarán en un remolino que arrasará todo el espacio, y a mí con él.
También pienso en dolores de cabeza más angustiosos que el mío, y en realidades más sangrantes.
Sin embargo me permito seguir quejándome, por más que sepa que es una pérdida de tiempo.
Pero tener lástima de uno mismo es demasiado egoísta como para que lo considere una opción.
Se vive mal entre barrotes, y qué le vamos a hacer.
Al menos por mi ventana no se ve sólo hormigón.

lunes, 6 de diciembre de 2010

La culebrilla

¿Te acuerdas de cuando te quejabas de que tenías algo por dentro que no te dejaba en paz? Al principio pensaste que era algo así como un sentimiento. Tal vez fuera amargura, rencor, dolor o remordimiento, pero con el tiempo empezaste a creer que era algo más. Muy pronto estabas convencido de que tenías un bicho vivo, una especie de parásito que iba creciendo y haciéndose fuerte en tu interior. Te llamé loco, te llamé impostor, te llamé farsante y hasta hipocondríaco, pero tú seguías en tus trece.

Al final, no me quedó más remedio que acompañarte a que te viese un médico. Le explicaste que notabas cómo la culebrilla se agitaba en la boca de tu estómago, retorciéndose una y otra vez sobre sí misma, provocándote un cosquilleo de lo más inquietante. Te ocurría especialmente en aquellas ocasiones en las que te encontrabas a cierta altura, ya fuera cuando te subías a un escenario o cuando te asomabas desde una terraza. La culebrilla temblaba y se revolvía en tu interior, y tú con ella.
Recuerdo que el médico era un hombre ya anciano, con tantas canas como experiencia. Te miró de arriba abajo, y muy serio te dijo:

-Señor, a usted lo que le pasa es que tiene vértigo.

Te dio un par de pastillas para controlar los mareos y te enseñó cómo respirar cuando sintieras la angustia de tener el mundo a tus pies. Pero tú seguías empeñado en que no era sólo vértigo: había algo más dentro de ti.

Al cabo de unas semanas, empezaste a notar cómo la culebrilla iba ascendiendo por dentro de tu cuerpo. Se alojó en tu garganta, estrechando su viscoso cerco contra tus cuerdas vocales. Te costaba hablar, te costaba respirar, y llegué incluso a preocuparme. Te ocurría especialmente cuando alguien te comunicaba una mala noticia, te hablaba de algo malo que no podías controlar ni evitar, o te confesaba un dolor muy profundo. La culebrilla se enroscaba en tu cuello y te oprimía, y tú estabas bajo su cruel yugo, incapaz de responder.

Fuimos de nuevo a ver al doctor. El mismo de la otra vez. Estabas enfadado proque no te hubiera hecho caso, pero aún así le explicaste lo que te pasaba. Él volvió a mirarte de arriba abajo, y frunció el ceño cuando dijo:

-Señor, a usted lo que le pasa es que tiene un nudo en la garganta.

Te contó cómo a veces la rabia y la pena bloqueaban el flujo de nuestras palabras y formaban una tenaza que nos impedía comunicarnos. Te enseñó que un sollozo sería suficiente para deshacer el nudo, para desprender a la culebrilla de las paredes de tu garganta.

Pero a ti no te convencía. Sabías que no podía ser sólo eso. Había un parásito en tu interior que crecía a medida que se iba apoderando de tus fuerzas. La culebrilla terminaría por destruirte si no le ponías remedio pronto.

Un día te abracé. Notaste cómo la culebrilla descendía por tu tráquea, se deslizaba por tus pulmones y luego se enroscaba alrededor de tu esternón. Presionaba con fuerza, como pugnando por salir. Yo no noté nada, pero tú me apartaste de un empujón.

-Ahora quiere entrar dentro de ti- me dijiste.

Temblabas de miedo. Yo estaba paralizada. Saliste corriendo sin que pudiera evitarlo. Al anochecer, me contaste que habías ido a ver a otro médico. Era un chaval joven y despierto. Cuando le explicaste tus síntomas, te echaste a llorar de desesperación. Te ibas a morir, le gritabas. Te ibas a morir porque tenías una maldita víbora en tu interior, y nadie quería escucharte ni comprenderte.

El médico tuvo un gesto inesperado, una de esas cosas que nadie espera nunca que haga un médico serio, de los de verdad. Se inclinó sobre ti y te dio una palmadita en el hombro. Ante tu desconcierto, sonrió.

-Señor, a usted lo que le pasa es que está vivo.

Sentir, sentir todo lo bueno y lo malo, y ser conscientes de que estamos vivos. Después de todo, quizá sí sea cierto que estamos habitados, aunque no necesariamente por parásitos. Quizás sea eso que llaman alma.

sábado, 27 de noviembre de 2010

Propina

Sigo tus ojos
huidizos, grises como
peces de plomo.

La rosa de los vientos, creo

hola, cielo
te escribo desde el país de las incertidumbres, donde cada día es preludio de lo inesperado. me pides que te cuente cómo va todo últimamente. pues bien: va, va y sigue yendo hacia adelante, siempre adelante, con una febril inercia que me impulsa hacia el mañana, un viento por la espalda que me va empujando sin que sepa nunca cómo ni por qué me he metido por ese camino. una fuerza brutal me arrastra hacia el centro de la tierra, y me voy dejando llevar. una caída, o tal vez un resalto, son cosas que no puedo diferenciar. debe ser eso que llaman magnetismo, o debe ser que tengo el alma imantada, y la tuya es un trozo de frío metal: me atrae sin contemplaciones. magnetismo o abismo. el alma tan imantada que a veces me pesa como si fuese de plomo.
sabes? no estoy desorientada. lo que pasa es que se me han roto todas las brújulas, hasta las que apuntaban a ti, y ahora sus agujas dan vueltas como desquiciadas, describiendo círculos a tu alrededor. me estoy perdiendo. todo el mundo me lo dice desde hace semanas: que me frene, que me frene...pero si me paro no sé si voy a saber encontrarme. no sé a dónde voy, pero no puedo detenerme.
debe ser que estoy perdiendo el norte, o eso me hacen creer. pero no. por primera vez tengo muy claro dónde está el norte. el norte es donde estás tú, muy al norte, tan dolorosamente al norte y tan lejos que no puedo evitar divagar. sé que el aire allí es una helada corriente que te envuelve.
vuelve. tengo ganas de oírte decir que no pasa nada y que todo son rachas, que ya pasarán. las mentiras suenan dulces cuando eres tú quien las pronuncia. tengo ganas de escuchar tu acento, sin es que aún lo conservas, y de que interpretes el brillo de mis ojos, si es que aún me queda algo. que descifres si las lágrimas son de rabia o de trsiteza, o que me adivines ilusión en la mirada. tengo un hambre de abrazos que no se sacia con nada, un vacío que tu ausencia va agrandando.
me he quedado sin ejes sobre los que apoyarme, sin puntos de referencia. mis coordenadas son tan confusas que he decidido apagar la razón, y navego y naufrago y me hundo y salto y ya no sé cómo llegar al centro. me dicen que me relaje y que no hay de qué preocuparse. también me dicen que ya no me pueden dejar sola.
sola.
qué ironía.
lo que más me duele es que los kilómetros tengan mil metros, y lo que quede esperando al final del camino no sea más que una sombra de aquello que recordabas con cariño.
no sabes cuánto lo siento, cielo, pero eso es lo que debo ser ahora.
ahora mismo no puedo ponerte mi dirección para que me envíes una respuesta. ni siquiera sé dónde estoy viviendo todos estos días.
tampoco tengo miedo, y eso es lo más preocupante.

p.d.: no fue un día de mayúsculas, al parecer...

domingo, 7 de noviembre de 2010

Ovejas descarriadas

Sin demasiadas ganas
se te escurre la sonrisa
por la cara
y me exhalas
tu aliento
en la mirada
sabiéndote despierto
de madrugada
una nube de vaho
en la ventana
sin saber dónde irá
el viento
mañana
una mano descarada
que apuñala:
ovejas descarriadas.
Complicada
tu sombra me parece
complicada
viendo la furia
con que te encaramas
a las cimas más profundas
de la nada.
Y por no padecer
ni siento
y por soñar
por soñar que no quede
y pídele al sol
que te lleve
allí donde su rayo muere:
detrás de los andenes.

martes, 31 de agosto de 2010

Una noche así...

Son noches sin estrellas, con el cielo anaranjado por las luces de la ciudad, o por una sutil amenaza de tormenta. Al menos la luna brilla alta en el cielo, o tal vez no, pero su resplandor nos alienta. Son noches de danzas enloquecidas, y también de caídas, de espaldas contra el asfalto y risas fugitivas, de sangre resbalando por la rodilla, debajo de puentes imposibles. Noches de espuma de cerveza y de palabras deslenguadas, de deseos inconfesables que asoman a la superficie, de grietas en la coraza. De quemaduras de cigarro de las que dejan cicatriz. Noches de terraza, de brindis, de humo y de yerba, de flashes, de sombra, de cubitos de hielo y sonrisas caldeadas, de guiños, de fetiches y de corrientes subterráneas. Noches aisladas, como burbujas sin minutos, de mirar hacia abajo, hacia las avenidas por las que sí fluye el tiempo, en lugar de quedarse remansado en un instante de magia y fuego.
Noches de litronas en el maletero y acordes en la distancia, de saltos, fiebre y euforia, de canciones a gritos, y de globos fantasmales. Noches de llovizna en las pestañas, y de manos tibias y abrazos cálidos, de ingravidez, de fuerza y de ligereza. Noches de piscinas oscuras y azoteas con luz, de hogazas de pan y botellas de agua, de descubrimientos. Noches de miradas de casi desconocidos, de sábanas compartidas, de farolas colándose por entre las mosquiteras, de contraventanas abiertas y persianas de bambú. Noches de paredes moradas, de sonidos que saben a viejo pero impulsan resortes.
Noches de maletas a medio hacer a los pies de la cama, noches sin sueño, de caricias certeras como nunca, de susurros y de manos. Noches desgarradas al alba por el martillo y el yunque, perdiendo los estribos. Noches de reflejos en el agua, de pináculos y nubes tétricas, de mares de mentira. Noches de cuatro quesos, de vino andaluz y de arroz indio, de gotas de agua cayendo en vasos llenos. Noches que sólo duran unas horas, porque sólo será mañana cuando me haya despertado.
Noches de colchones en el suelo y de bordillos de acera, de sudor en las paredes, de jaleo, de jarana y de discos que se paran. Noches de fichas de póker, de balas perdidas y frases de camino a los labios, de momentos que se fijan. Noches de oscuridad cómplice. Como dijo Bukowski: una noche así deja a la vida entera a la altura del barro.

P.D: Aquí debería dejar un teléfono de aludidos, por las dudas.

viernes, 27 de agosto de 2010

De imposibles

Ah, escapar de mí misma y pensar
más allá del velo sobre los ojos;
contemplar mi vida como si fuera ajena
mirar al mundo a través del cristal.

Ah, distinguir al fin lo bueno de lo viejo
y discernir cuánto de humilde hay en lo sublime.
Y puestos a emprender tareas sin límite
comprender el delirio en que se vive.
 
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